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La llamada “Ruta de la Seda”
era una red comercial de caminos que unían los
continentes asiático con origen en Xi’an
(antes Chang’an) y final en Estambul (entonces
Constantinopla). Y es precisamente
por el producto de más valor que transportaba,
la seda, de fabricación china, que recibió
su nombre. Pero no era este caro tejido la única
mercancía que se transportaba a través
del legendario recorrido. Telas de
otro tipo, metales preciosos, especias y objetos de
marfil o coral viajaban también utilizando esas
caravanas de elefantes y camellos.
El origen de la Ruta de la Seda demuestra
que el nombre elegido no podría ser más
acertado, pues fueron los romanos,
enamorados de ese tejido cuando lo descubrieron, los
que decidieron importarlo desde China,
y eso dio lugar a un comercio continuado durante siglos
en la amplia zona que unía los dos continentes.
Pero la importancia de la ruta fue más que comercial:
el contacto entre gentes de tantas etnias y
culturas posibilitó un mayor conocimiento
entre territorios y la extensión, gracias a que
se abrió la ruta a intelectuales y religiosos,
de creencias, filosofías y religiones por toda
Asia. Sin embargo, con el auge del transporte marítimo,
en el siglo XV, empezó la decadencia
del terrestre y, por consiguiente, la de la Ruta de
la Seda.
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